Así como otros símbolos de estatus en redes sociales, la opinión se ha transformado en un nuevo fetiche posmoderno. Vivimos en la era del culto a la personalidad, por lo que no basta autorepresentarnos por medio de imágenes, también es necesario exponer nuestras ideas para completar este “quién soy” en un nuevo espacio de socialización, diverso, frenético, saturado.

Fue cuestión de tiempo para que las opiniones comenzaran a rivalizar en las redes. El ejercicio de exponer los puntos de vista mutó a un acto de competencia transformando al medio digital en un mercado bursátil de caracteres, hashtags y likes, todo para lograr visibilidad y ganar las apuestas especulativas de nuestras ideas: “Creo que es una exigencia tácita colectiva, es casi como que tu opinión fuera una mercancía” (Mario). Nuevamente el capitalismo, popcorn en mano, se ha instalado cómodamente a presenciar el delirante bullicio por “quién grita más fuerte”…

Dentro de las estrategias de este mercado de ideas, la ironía y el emplazamiento han destacado como eficaces estilos al momento de posicionar opiniones: “Cuando escribo ‘usted’ en mis publicaciones, es una visión más bien despectiva. Le estoy hablando al chileno medio que se supone que no ve lo que yo veo. Porque no lee lo que yo leo, porque no trabaja en lo que yo trabajo. No me siento culpable por ello porque creo que estoy haciendo un aporte diciéndoles algo que ellos no saben; ‘ellos’, un grupo de gente que es más ignorante que yo” (Paulina).

El sarcasmo no ha sido el único protagonista al momento de gritar más fuerte en la bolsa mediática de ideas, un personaje más corrosivo emerge en las vociferaciones online: la crítica (mal entendida) ha transformado al debate digital en un campo de batalla de ofensas, mentiras o de plano idioteces, muchas veces de modo anónimo y con plena impunidad: “Hay usuarios que son muy negativos y que buscan expresar mucha rabia, mucho resentimiento, lo único que hacen es criticar todo, encontrar todo malo. Es como en parte jugar al antagonista” (Julio). Pareciera que muchos han encontrado en la crítica la forma más eficiente de ganar sus apuestas haciendo de la exhibición de su intelecto como mofa, un activo que aumenta su valor bursátil, mercancía cargada de ego, mezquindad y competitividad: “Para mí, alguien que se la pasa discutiendo en Facebook o Twitter está perdiendo su tiempo, es un ególatra, no es más que eso” (Mario).

Ante tanta crítica, estudios demuestran el fenómeno de la homofilia o visión de túnel en nuestras transacciones de ideas. Finalmente, nos agrupamos en comunidades interpretativas, grupos con ideas afines que nos resultan cómodos, sin riesgo, minimizando así el fracaso y la exposición a la burla. Zygmunt Bauman lo explica: “Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara. Las redes sociales son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa”.

El panorama no se ve auspicioso, sin embargo, entre los gritos de ofensas y miradas de ombligo existen voces de acuerdo que logran construir un relato que trasciende el medio digital. Destellos considerables como el movimiento estudiantil en Chile o la Primavera Árabe constatan que la opinión es más que una mercancía manoseada en redes sociales: “Esto no se trata de quién es más inteligente. Yo en Facebook trato de hacer manipulación positiva, concientizar, trato de inspirar para que hagamos lo que tenemos que hacer y que rescatemos lo positivo, es importante escucharnos, es la única manera de avanzar” (Juan Pablo).

Aún varios son capaces de escuchar nuevas voces y observar reflejos distintos. Puede que mañana al comenzar la jornada bursátil, el mercado de opiniones vaya al alza. Usted sólo debe apostar.

Ximena Burgos Sánchez.-